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¿Cómo actuar por el cambio social?

Cuando el quehacer por el cambio social se convierte en lo que no queremos.


A modo de introducción:

 
Me he regalado la oportunidad de escribir estas líneas ya que me encuentro en un momento de mucha reflexión personal, por lo que en ese camino reflexivo me han surgido ideas y pensamientos los cuales he querido convertir en letras las cuales espero puedan ser leídas por otras personas. Me siento esperanzado de encontrar orientación e impulso para seguir actuando por el cambio social.
Desde hace aproximadamente 15 años me dedico a la promoción y defensa de los Derechos Humanos en México, en concreto los derechos de las personas en contexto de movilidad humana (derechos que por cierto no son exclusivos de las personas en este contexto, sino de todas/os nosotros/as), es decir aquellas personas llamadas migrantes, refugiadas, desplazadas, o quienes por diversas circunstancias han tenido que dejar su lugar de origen.
Durante esta labor he experimentado diversos sentimientos tales como decepción, desánimo, tristeza, preocupación, frustración, confusión, molestia e indefensión. Si lees este texto y también te dedicas a la promoción y defensa de los Derechos Humanos, seguramente podrás conectar con estos sentimientos que he nombrado.
Poco a poco me fui dando cuenta que estos sentimientos aparecían cuando en mi contexto de trabajo había una situación de la que en este ámbito se le conoce como violación grave de los Derechos Humanos.
Una de las organizaciones civiles para la cual colaboré en mis últimos años en México, se dedicaba, a parte de otras cosas, a monitorear y brindar asesoría y acompañamiento a personas extranjeras en situación irregular en México , quienes estaban privadas de su libertad en las llamadas estaciones migratorias.
Una ocasión en una de las visitas que hacíamos regularmente a ese centro, nos encontramos con la noticia de que cuatro jóvenes adolescentes de entre 13 y 17 años habían sido brutalmente golpeados por agentes migratorios y de seguridad del centro. Las personas miembros de la organización y yo experimentamos en ese momento mucha rabia e impotencia, queríamos tener enfrente a las personas que habían golpeado a los jóvenes para proporcionarles la misma dosis “correctiva” que ellos habían empleado con los jóvenes. Sin embargo, el protocolo a seguir consistía en documentar el caso, hablar con los agredidos, hacer un detallado informe de la situación, y posteriormente hacer las denuncias correspondientes. Esto por lo menos calmaba un poco el coctel de sentimientos que estábamos experimentando.
Como era de esperarse, el caso no progresó, los jóvenes tuvieron que ser sometidos a la burocracia del sistema, visitas de prolongada espera a las fiscalías para hacer las denuncias correspondientes, revisiones médicas, constante acoso por parte de las autoridades, por lo que al final terminaron desistiendo del proceso y posteriormente fueron deportados a su país de origen. ¿Cambió algo en ese momento o después? La respuesta seguramente es más que previsiva, no cambió absolutamente nada y estoy casi seguro que la violencia dentro de ese centro continuó con “normalidad”. A nivel estructural tampoco hubo cambios. La política migratoria en México sigue deteniendo a personas que ingresan al país de forma irregular, sigue deportando a personas que están en riesgo, sigue criminalizando las movilidades humanas.
Este tipo de situaciones es la cotidianidad de la defensa y promoción de Derechos Humanos, no solo en México sino en diversas partes de América Latina y EE. UU. (son los contextos que mejor conozco, pero sé que también sucede en otras partes del mundo). Las personas, organizaciones o grupos que trabajamos por el cambio social, experimentamos constantemente el cansancio o agotamiento que genera el hecho de trabajar sin pausas y no ver cambios tangibles en la forma en que se elaboran las leyes o en la forma en que estas se aplican.
En nuestra actualidad es cada vez más evidente que enfrentamos situaciones de mucha violencia, las estadísticas de personas desaparecidas en México siguen en aumento, la violencia en contra de personas defensoras de Derechos Humanos es el pan de cada día, personas o pueblos enteros siguen siendo desplazados, la movilidad humana es cada vez más intensa y con ello la vulnerabilidad de estas personas.
Una pregunta que ronda en mi cabeza constantemente, es ¿por qué a pesar de los esfuerzos, el trabajo arduo de personas, organizaciones civiles, colectivos y grupos que buscan justicia social, las cosas no cambian, sino pareciera ser que cada día empeoran? Existen diversos esfuerzos, hay muchísima gente movida por una energía de búsqueda de paz que se están organizando para hacer frente a la situación de desigualdad, existen redes locales, nacionales e internacionales coordinadas para denunciar y exigir justicia, pero las vulneraciones aparentemente no cesan.

¿Existe un verdadero diálogo por el cambio social? 

Hace un par de años conocí a la metodología de Comunicación No Violenta (CNV), su autor Marshall Rosenberg , me transmitió a través de sus libros algunas respuestas a esa gran interrogante y cada vez que profundizo en la CNV también puedo hacer mis propias conjeturas y postular mis propias respuestas.  
A continuación iré haciendo referencia a algunos de los pensamientos que Rosenberg pudo plasmar en su trabajo y posteriormente en sus obras literarias. Las citas que aquí utilizaré, son algunas de las que me han dado luces sobre el camino que se podría seguir para hacer que el cambio social sea una realidad.
En su libro Ser paz en un mundo en conflicto: Lo próximo que diga cambiará su mundo (2018) Rosenberg nos dice: “La idea es que si realmente queremos conseguir paz y armonía, tenemos que averiguar qué puede restaurar esa paz, y no simplemente castigar a los tipos malos” (Rosenberg 2018: 105). Esta cita me ha hecho mucho sentido, en el ámbito de la defensa y promoción de los Derechos Humanos, es común escuchar denominaciones como enemigo, depredador, agresor, asesino, opresor, y las peores palabras que se te puedan venir a la mente, estas se utilizan en contra de los gobiernos o las personas que ejecutan las políticas públicas. He de reconocer que personalmente también he utilizado esas palabras y de vez en cuando, cuando me afloran muchos de los sentimientos que nombré anteriormente, las sigo utilizando. Uno de los ejercicios más complejos es el poder reconocer nuestras necesidades al momento de ejercer actividades para el cambio social.
Para mí Rosenberg tiene razón, resulta casi imposible lograr un cambio si vemos a la otra parte como el enemigo, por ende las estrategias que utilizamos en respuesta a las acciones de los gobiernos, son igual de violentas que las que utilizan ellos en contra de nosotros. Piensa un momento en una situación común o cotidiana donde alguien te critica, castiga o agrede por algo que hiciste que no estaba en consonancia con sus necesidades. Tu respuesta automática será la de defenderte y seguramente agredir de igual o peor manera a la otra persona. Esto sucede porque queremos darle a saber que su respuesta no nutre nuestra experiencia. Pero nuestra respuesta seguramente tampoco nutrirá la suya.
En el trabajo por lograr un cambio social sucede exactamente lo mismo. Una de las estrategias que se utilizan en la defensa y promoción de los Derechos Humanos es elaborar comunicados con exigencias hacia los gobiernos. No obstante en el fondo de estas exigencias se encuentran intenciones como la de evidenciar que las políticas públicas no funcionan, que las personas encargadas de ejecutarlas no hacen su trabajo y evidentemente con estos escritos buscamos poner en evidencia lo mal que estas personas dirigen al país. Por ello no es de extrañarse que constantemente personas defensoras de Derechos Humanos sean víctimas de difamación, que su trabajo se ponga en duda, que se les llame “defensoras de los Desechos Humanos”, defensoras de delincuentes, y más.
Tal parece que es como un juego de ping-pong, en donde se trata de evidenciar a través de estas etiquetas quién tiene la razón como dice Dan Bennet: “Una discusión es la distancia más larga entre dos puntos de vista” (citado en Rosenberg 2018: 157).
Un elemento que me da pistas sobre este intercambio de estrategias para lograr tener la razón, es que nos estamos deshumanizando, a menudo se nos olvida que quienes están al frente de los gobiernos o las instituciones públicas también son personas y que muy probablemente también están llenas de sentimientos y necesidades:
No creo que las personas atrapadas en sistemas de dominación desde el principio sean personas malas que intentan abiertamente manipular a las masas. Más bien se trata de que han desarrollado la estructura, se la creen, creen que es una bendición estar, de alguna manera, más cerca de una autoridad superior y lo hacen para preservar la presencia de dicha autoridad superior en la tierra (Rosenberg 2018: 109-110).
A menudo las reuniones de incidencia política suelen ser así, ambas partes – gobiernos y ONG – llegan a las reuniones con esa distancia, no se permiten el acercamiento, no hay diálogo, hay una deshumanización de las partes, vemos en la otra persona simplemente al ente que debería resolver nuestras exigencias y estoy casi seguro que estas personas nos ven a nosotros como las que solamente llegamos a decirles lo que tienen que hacer o cómo tienen que hacer su trabajo.
En una ocasión tuve la oportunidad de ofrecer un espacio de atención psicosocial a miembros de una institución pública encargada de la protección a la infancia en contexto de la movilidad humana. Anteriormente la organización para la que yo trabajaba había hecho muchas denuncias en contra de esa institución, por lo que la imagen presente era la de enemigos tanto de una parte como de la otra. En la sala era evidente el rechazo por parte del personal de esa institución, ¿cómo venía este hombre a hablarnos de atención psicosocial cuando él y su organización nos hacen denuncias constantemente? Esa era la pregunta que flotaba en la sala.
En los primeros minutos de la sesión, el personal era poco participativo, sus rostros y posturas me comunicaban inconformidad, incluso algunas participaciones llenas de sarcasmo. Algunas de las participaciones me dieron pistas sobre algo que menciona Rosenberg: “Es la estructura lo que es el problema, no los individuos (…) Su deseo de contribuir al bienestar de los niños es genuino” (Rosenberg 2018: 112). El personal de esa institución estaba sometida a horarios muy cargados de trabajo, trabajar fines de semana, acudir a emergencias por las noches, estar en completa disposición de la institución, trabajar con recursos limitados y más allá trabajar con la carga que les generaba el hecho de que una ONG estuviera evaluando y criticando su trabajo .
Un paso importante para caminar hacia la transformación de un mundo más justo es “(…) liberarnos de nuestras imágenes de enemigo, la forma de pensar que dice que hay algo malo en las personas que forman parte de estas bandas ” (Rosenberg 2018: 121). En este sentido liberarnos puede aplicarse en un sentido más profundo, liberarse siempre trae consigo dejar las cargas mentales y emocionales, una vez que nos hemos liberado, podremos experimentar satisfacción, alivio, inspiración, optimismo, seguridad, etc. Estoy casi seguro que en el momento en el que dejemos de ver al otro/a la otra como el/la contrincante, como la persona que no hace bien su trabajo, como la culpable de todos nuestros problemas, el cambio vendrá, y no vendrá por arte de magia, sino porque se abrirá la puerta que nos dará la oportunidad para dialogar con personas y no con máquinas: “[D]os individuos, dos grupos o dos países que están en conflicto, la discusión comienza anclada en las imágenes de enemigo, cada parte diciéndole a la otra lo que está mal en ella” (Rosenberg 2018: 123).
Motivo a las personas de manera individual o colectiva, a organizaciones civiles tanto nacionales como internacionales o a todas aquellas personas comprometidas por el cambio social a que nos demos un momento reflexivo y recuperar la energía que nos ha movido a actuar por el cambio social, que estoy seguro es una energía de servicio, de transformación, de solidaridad y de paz. Y nos liberemos de las energías que el contexto nos ha dado, que es una energía de rechazo, represalias, venganza y agresión. Tenemos que recordarnos que esas energías son precisamente las que nos motivan a estar en donde estamos, buscando el cambio.


Sobre mí:

Nací y crecí en el sur del Estado de Chiapas en México. Desde muy pequeño presenciaba el cruce de personas en contexto de movilidad humana que buscaban el llamado sueño americano. Poco antes de concluir mis estudios de Psicología Social, tuve la oportunidad de recibir una beca para realizar mi tesis en un proyecto de investigación sobre migración hondureña residente en la región. Esto cambió mi perspectiva, aquello que durante mi niñez me había parecido normal y que era parte de mi cotidianidad, ahora ya no lo era. Poco a poco cobraba consciencia sobre estos sistemas de opresión que vulneraban a las personas. Se despertó en mí la necesidad de protección, contribución, seguridad y de paz. Por ello desde entonces he dedicado mi vida y trabajo a luchar por lo que creo es la justicia social. 
Actualmente vivo en Alemania y he desarrollado un espacio (Bej Sozial) en el cual brindo servicios de apoyo y asesoría a personas, grupos, empresas u organizaciones desde la perspectiva psicosocial y a través de la metodología de la Comunicación No Violenta.